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El fin de la conceptualización (2ª parte)

El pensamiento racional es considerado como la forma suprema de conocimiento puesto que muestra resultados precisos e innegables. Pero quien alaba esta forma de conocer está negando otros tipos de conocimiento.
El fin de la conceptualización (2ª parte)

Por Mario Rodríguez Guerras

 

5. El valor de la racionalidad

El pensamiento racional es considerado como la forma suprema de conocimiento puesto que muestra resultados precisos e innegables. Pero quien alaba esta forma de conocer está negando otros tipos de conocimiento. Nosotros afirmamos que solo se conoce lo que se conoce, lo cual, para una mente racional carece de significado.

La razón sirve para la ciencia que puede con ella descubrir datos. Esos datos precisos no indican nada acerca de la naturaleza humana. Disciplinas que tengan que ver con el ser humano, quedan vedadas al conocimiento solo racional. No negamos la capacidad de la razón para entender de ellas, negamos que solo la razón sea suficiente y, al contrario de lo que piensan los sabios, otras formas de conocimiento alcanzan gran profundidad en estos campos.

Un juez no puede saber cuando un testigo miente, un psicólogo no sabe cuándo una conducta puede responder a caracteres diferentes, un psiquiatra desconoce todo sobre la enfermedad mental pero le gusta utilizar el electroshock sin saber qué hace; un filósofo puede confundir la verdad con sus intereses. La propia ciencia, supuestamente objetiva, está también condicionada por el pensamiento del tiempo en que se desarrolla.

El segundo aspecto de la información científica es la utilidad parcial de los datos que aporta. Saber que dos y dos son cuatro nos sirve para conocer la distancia a un lugar, la cantidad comprada, las deudas acumuladas…  ciertamente, son datos útiles, pero nada dicen de la naturaleza humana. Con datos y cálculos asépticos lo único que se produce es la reducción del conocimiento del hombre sobre el hombre a formas estereotipadas. Por ejemplo, la fe en la psicología lleva a determinar a los hombres de una sociedad racional y moderna que el hombre es aquello que la ciencia ha demostrado. Pero ¿qué ocurre con aquello que la ciencia todavía no ha podido conocer? Simplemente, se niega. Esto, sin tener en cuenta los errores de interpretación de la ciencia.

Solo conocemos lo que conocemos significa que aquel conocimiento aprovechable para la existencia requiere que el conocedor perciba la relación de tal conocer con su sentir. Podemos creer que el conocimiento racional puede llevarnos a la verdad porque la ciencia y la razón han demostrado poseer verdad, pero esa verdad solo es verdad sobre los hechos probados pues la razón solo puede alcanzar a demostrar verdades que queden dentro del campo desarrollado por la ciencia; y la ciencia pretende, mientras se desarrolla, que todo conocimiento no probado por ella carezca de validez y de efectos.

Además, el pensamiento racional no puede determinar por sí mismo cuales son los hechos que deben tenerse en cuenta a la hora de alcanzar una conclusión, es decir, no sabe cuándo y por qué empezar y dejar de razonar; y tampoco podemos asegurar que todas las conclusiones de la ciencia sean objetivas. Por ejemplo, Nietzsche discrepa de la conclusión de Darwin sobre el desarrollo de las especies. Mientras éste afirma que sobreviven las más fuertes, Nietzsche piensa que son los débiles quienes dominan la tierra. Cualquiera que sea la verdad, se demuestra que la conclusión de la ciencia está condicionada por el conocimiento del pensador.

El hombre que cree en la razón, en realidad, ha quedado atrapado por la lógica racional, de tal forma que piensa que la razón ha sido capaz de considerar todos los aspectos de un fenómeno cuando, para aceptar esa conclusión, se niega a aceptar los hechos ciertos que contradicen sus creencias. La argumentación racional es irrefutable cuando se niega a aceptar las evidencias. Por ejemplo, Calígula dirigió un imperio y si ahora nos parece un hecho demencial es porque tomamos en consideración unos aspectos que no apreciaron sus partidarios. Si analizamos cuidadosamente qué persiguen quienes defienden la razón veremos que solo buscan el poder. Por ejemplo, la política, supuestamente racional, pretende estar por encima de la religión, claramente irracional, y justifica así acabar con ella.

La razón es como un león al que no se puede oponer otro, solo conseguiríamos una lucha sin final. Hay que utilizar las armas del domador para poner esa fuerza al servicio del hombre. Pero sabemos que quienes dicen amar la razón tienen claro su objetivo: Que el león acabe con el domador.

La llamada fe en la razón es, en muchas ocasiones, una forma de disimular la aceptación de criterios generales, por ejemplo, asumir convencionalismos sociales, lo cual queda perfectamente reflejado en la película La hija del general [1]. Si bien todo espectador queda repugnado por la conducta del general, sería difícil encontrar a alguien en el mundo social que hubiera actuado de forma distinta: Quien lo hiciera sería considerado una oveja negra. El cine nos presenta cientos o miles de casos reales en los que el protagonista es acusado de delitos o de demencia mediante pruebas evidentes pero que no se sostienen ante el juicio del sentido común y, sin embargo, en ninguno de los casos, nadie se atrevió a utilizar el sentido común; solo el espectador juzga correctamente porque se siente seguro ante la pantalla con la garantía del criterio del director de la película. Pero, en todos los casos, podríamos sustituir a los espectadores de la pantalla por los personajes de la vida real y actuarían de la misma manera; y los actores, ante la pantalla, revelarían toda la justicia que les faltó en su momento.

Ese criterio que cada uno ha considerado razonable resulta que está condicionado por las circunstancias y lo que temen de las circunstancias es el juicio ajeno.  En algunos casos, existe una manipulación de la realidad por parte del guionista, en ese caso ¿Cuántos lo perciben? Solo, cuando se trata de cuestiones políticas, por quienes piensan de otra forma y solo porque ya tienen un criterio previo. Ahora, pedimos al espectador que se ponga en el lugar del protagonista y como, sin duda alguna, reaccionará de su misma forma, lo que le pedimos es que piense en cómo se sentiría. Pero si este espectador es capaz de imaginar su frustración, entonces, esta simpatía ¿no es acaso un conocimiento irracional? ¿Podría la razón explicar alguna vez un dolor de muelas? La ciencia solo podría dar razón de las causas que le provocan pero nadie que no haya tenido un dolor de muelas podría entenderle jamás mediante una explicación científica.

Para completar todos los aspectos de la cuestión planteada, digamos que la presión al general por sus superiores, en el primer ejemplo cinematográfico, y la incapacidad para advertir la falsa acusación, en otras películas, parten, en un caso, de un deseo de dominio y que la incomprensión de los hechos por quienes deben valorar la situación, en los otros casos, se debe a que todos ellos son, ciertamente, “razonables”, pues cada uno de ellos ha actuado según está dispuesto, de tal forma que, habiendo un error, nadie debe advertirle y nadie es culpable. Los políticos promulgan una ley para sancionar un delito y los jueces la aplican; de la misma forma, la ciencia establece un protocolo que los médicos cumplen. Los ejecutores se pueden percatar del error, pero no está en sus manos cambiar la ley, además, también desean comprobar su poder. Los que pueden cambiarlo no pueden incluir en la redacción de la norma un espíritu, solo una forma. Hay daño pero, si se llega a apreciar, es “razonable” que no haya culpables, en todo caso, una responsabilidad diluida de la administración. Pero, no habiendo culpa, no se considera necesario buscar una solución porque nadie comprende la existencia de un problema. Aquello que se hace buscando un fin acaba generando lo opuesto a lo que se perseguía. La razón, que supuestamente buscaba la verdad, solo nos ha llevado al error.

La razón de ello es la división de poderes. La exigencia social que se hace a todo gestor de que no se comprometa solo significa: no intentes buscar la verdad, es decir, no tengas un criterio propio, acepta el de los demás. En la sociedad, el concepto de verdad ha sustituido a la verdad y esa verdad es parcial y siempre algo circunstancial que beneficia al poderoso que la impone.

La sociedad aprecia al sabio porque le considera una reserva de la verdad. Un sabio es un hombre que lo sabe todo, sabe incluso lo que puede hacer con lo que sabe –pero no comprende qué debe hacer con ello. Saber deriva de un conocimiento racional  que el sabio posee. Comprender es conocimiento intuitivo que ninguna razón puede proporcionar. Lo opuesto al sabio es el ignorante…

Ningún dato racional, por sí solo, le sirve al hombre para su existencia personal, pero es muy útil para la vida colectiva. En la gente predomina el carácter de la especie, si se busca un carácter individual, habrá que buscar al hombre, pero el hombre es negado, solo es admitido como concepto pero rechazado como fenómeno. Según decía Schopenhauer, aunque de forma imperfecta, el genio ve en el fenómeno la idea, el hombre vulgar, el concepto, ya que éste solo aprecia en la existencia aquello que tenga relación con su interés. Y, aunque se sepa esto, los hombres racionales pueden dormir tranquilos, los antiguos dejaron establecido, y de forma racional, que la existencia colectiva era una exigencia de la existencia individual y ¿quién se atrevería a desafiar a los clásicos?

Nota: 1.- La hija del general, película de 1999, protagonizada por John Travolta y Madeleine Stowe, y dirigida por Simon West.

Imágenes: Antonella Arismendi. © Derechos reservados. Prohibida su reproducción

 

22-09-2017

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