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El fin de la conceptualización (1ª parte)

La sociedad corre el riesgo de apartarse de los valores naturales que quedan relegados ante los artificiales.
El fin de la conceptualización (1ª parte)

Por Mario Rodríguez Guerras

1. El teatro de Guiñol

En este mundo, que ya de por sí es un teatro en el que cada uno actúa según las circunstancias, se ha instalado una representación de títeres que es la sociedad consecuencia de la lógica organización de la vida individual mediante la reducción de sus numerosas manifestaciones a las únicas conceptualizadas.

En esta representación para el entretenimiento, todo es apariencia. El castillo es un cartón, la montaña una cortina, la niña buena viste colores claros y vivos, la bruja mala es vieja, oscura y con defectos; y el ogro es deforme, grande y con voz ronca. Como atributo lleva un bastón que nos anticipa sus formas violentas.

En esta fantasía aparece el poder, el rey en un trono que le da dignidad, y, de la majestuosidad del asiento, hay que deducir honestidad del aposentado.  El poder se debe identificar con la verdad pues los ciudadanos ingenuos no pueden pensar que no exista, en la sociedad, ni la verdad ni la honestidad; y que quien ostenta un cargo no busque la verdad, pues entonces no ostentaría el cargo sino que le detentaría.

En este teatro, las marionetas no precisan saber, solo mostrar la apariencia de saber puesto que lo que tienen que resolver ya ha siso establecido y la solución les ha sido dada. Todo está organizado para que esa verdad sea reconocida. Al fin y al cabo, el escritor del guión establece la conducta de cada personaje para resolver el problema del títere; y al títere le muestra agradecido por la solución aportada. Todo es una autoalabanza del guionista.

Solo faltaría que se acabara por creer que esta representación representa la realidad; que se pensara que Caperucita pudiera salir del cuento a instalarse en la vida real o  que el espectador fuera al bosque a pedir al búho consejo por su sabiduría.

2. La realidad

Los antiguos sabios, que eran honestos por antiguos, reconocían sus limitaciones y, cuando trataban de la verdad, nos decían que solo veían las sombras. Los sabios modernos, que ni han visto la verdad ni su sombra, creen haber alcanzado el conocimiento a través de la lógica revisión de los escritos de los antiguos y de su profunda reflexión.

Pero quien no hace caso ni a los sabios antiguos ni a los modernos, y se le ha ocurrido ponerse de pie para mirar a su alrededor, ha podido ver alguna verdad, por ejemplo, la del arte. Entonces dice cosas que resultan incomprensibles a los sabios profundos que poseen todas las referencias conocidas sobre el arte y deducen que si esto no se ajusta a  todo aquello, esto está confundido. Pueden asegurarlo pues saben que todos los sabios les darán la razón. Pero eso no significa nada, pues el origen de sus sentencias es que son tanto parte como jueces en cualquier disquisición y nunca se van a negar ellos mismos la razón. Ninguna verdad puede competir con la fuerza social de las viejas creencias para destronarlas de la sociedad. Otra cosa es el valor de una verdad en el mundo real del conocimiento.

Pero la sociedad está empezando a dudar de la razón, y con razón. Después de veinticinco siglos, la razón todavía no ha sido capaz de ofrecer una definición del arte. La razón, cuando trata del arte, hace referencia a su aspecto externo y se ocupa del exterior porque desconoce el interior. El arte se acabó en Grecia, decía Hegel. Otros teóricos, por el contrario, afirman  que el arte nació con el renacimiento, que antes no había arte. Otros fechan la aparición del arte a finales del siglo XIX, y, en general, todos están de acuerdo en que el arte se acaba.

Pero ¿Cómo puede la razón decir que se termina una cosa que no sabe lo qué es? Lo único que termina, o lo que empieza, es la forma que ella asigna al arte, pues no comprende que el arte adopta muchas formas, según las circunstancias. El río se hace mar y el mar se hace nubes y como no concibe el agua en estado gaseoso, niega que sea agua, y habla del fin del agua. Lo sorprendente es que la razón no haya entendido este estado pues  goza de una posición excelente de observación, al menos a nosotros nos demuestra que está siempre en las nubes.

Hesiodo, según nos relata Schopenhauer, había visto tres tipos de cabezas. Las de los hombres que por sí encuentran el conocimiento. La de quienes, cuando se lo explican, lo entienden. Y la de quienes ni por sí mismos ni con explicación la aceptan. Podríamos decir que a la razón le ha correspondido en tercer tipo de cabeza. Pero nosotros sabemos que es al revés, que, por negar la verdad, niegan comprenderla.

Pero hasta la verdad va a quedar cuestionada y además va a quedar destronada. Es decir, va a resultar refutada racionalmente y va a quedar reemplazada, pero son dos cuestiones diferentes. Hasta nosotros, que buscamos la verdad a cualquier precio, lamentaremos esto último pues para conseguir una verdad vamos a perder otro valor.

3. El fundamentalismo

Las ideas flotan en la sociedad y se muestran en todas las expresiones de sus portadores, hasta en las cuestiones más mundanas. Las ideas no son de nadie, de nada sirven los enfrentamientos personales. Lo que ocurre es que, al combatir ideas, es preciso hacer referencia a la forma concreta en la que se muestran. Y la forma la ha concretado alguien en particular. Cuando uno manifiesta una opinión contraria a otra, no pretende desmerecer a su defensor, es posible que, en otras circunstancias o en el pasado, él mismo pensara de esa forma.

Las cuestiones teóricas son solo asuntos para la discusión y el autor siempre es un "yo". Nadie pretende, como hace el arte moderno, negar la autoría. Lo que se pretende es evitar que se lleven las cuestiones teóricas del mundo del conocimiento al mundo social en el que quedan desvirtuadas pues en ese mundo el prestigio del autor pesa más que la verdad. La intención es corregir los errores de interpretación de los fenómenos que los teóricos están analizando. La forma de exponerlo, solo es forma. Pero quien se queda en la forma desconoce el sentido y, por eso,  asignar una intención a los actos de una persona a la que se desconoce, que en psicología se denomina proyección, no indica ningún juicio justo sobre la otra persona.

La cuestión real es ¿Cuánta verdad puede uno presentar? ¿Cuánta verdad puede soportar la sociedad?

Pero la fe de los hombres en la razón les ha hecho postrarse ante ella y esta ha quedado convertida en una creencia. Ya no importa que sus conclusiones no sean ciertas, nadie puede cuestionarse lo que se ha establecido mediante una nueva imposición. La lógica es un medio en el mundo del conocimiento pero es una fuerza en el mundo social y la sociedad se ha apoderado del medio de conocer, no para conocer, la sociedad se apropia de todos aquellos elementos que le sirvan para aumentar su poder frente a quienes quiere arrebatárselo y no tardará mucho en organizar autos de fe y tribunales inquisitoriales.

4. El concepto, la sociedad y la realidad

El arte del siglo XX es arte pero de contenido distinto al arte anterior. Presenta información de datos; es arte conceptual hecho por un tiempo conceptual. La época conceptual se da valor reconociendo lo similar, luego, aprecia el arte conceptual y niega valor al arte que no lo es. Es decir, si los hombres de un tiempo consideran una determinada forma de manifestación artística como la forma suprema, no por ello han dicho nada del arte, lo único que revelan es la cualidad de esa época; como bien dice Nietzsche, la música no revela la esencia del mundo, la música solo revela a los señores músicos.

Los hombres naturales poseen belleza o inteligencia. Mientras que la belleza humana es apreciada en la naturaleza y en la sociedad, en ésta como valor conceptualizado, la inteligencia en la sociedad solo se aprecia por sus efectos, por el prestigio o la influencia que alcanza quien la posee. Cuando, con el paso del tiempo, el hombre pierde la hermosura y la inteligencia, le queda en su sociedad, no obstante, el prestigio que aquellos atributos le proporcionaron. El prestigio social ha entrado a formar parte por si solo, con independencia de su origen, de los valores que aprecia la sociedad.

Todo hombre social pasa a buscar el prestigio como sustituto o complemento de valores reales puesto que es más fácil alcanzarlo, ya que el prestigio es fruto de un acuerdo, de un compromiso o de una imposición, no necesariamente de una realidad. La sociedad corre el riesgo de apartarse de los valores naturales que quedan relegados ante los artificiales, pues estos tienen mayor consideración como un producto de la sociedad, que sus miembros tanto valoran. Dando valor a estos productos, se da valor a la sociedad de la que proceden. Por ejemplo, Hegel considera que la belleza artística es superior a la natural, lo cual solo quiere decir que el hombre racional aprecia más las representaciones racionales que las naturales: la música de Hegel nos descubre a Hegel. Pero, si es posible relegar lo natural ante lo artificial, tal posibilidad se verá algún día cumplida y la sociedad habrá perdido de vista la realidad.

Imágenes: © Antonella Arismendi. Prohibida su reproducción

25-07-2017

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